viernes, 22 de febrero de 2008

¿CIENCIA O FE? ¿EVOLUCIÓN O CREACIÓN? ¿QUÉ EDAD TIENE DIOS? Reflexiones sobre las "supuestas" contradicciones entre la ciencia y le fe cristiana

A menudo a niños, jóvenes y adultos les resulta perturbador conciliar ciencia y fe, sobre todo cuando emergen temas de aparente contradicción entre estos “ámbitos”, por ejemplo, el origen del universo y, por tanto, del hombre. Aquí parecen colisionar la explicación creacionista que atribuye a Dios el origen “desde la nada” de todo cuanto existe, en contraposición con la tesis científica de un Big-Bang y una formación del mundo, tal como lo conocemos, tras una evolución que ha tardado millones de años y que pone al hombre en una situación de heredero de un “nada celestial” primate parecido a un chimpancé, o, más lejos aún, de un animalillo prehistórico (un mamífero que antecede a los primates), similar a un roedor o musaraña de unos 10 centímetros.
Estas inquietudes se suelen manifestar, incluso tempranamente, junto a otras profundas y sugerentes preguntas que aparecen ya en la infancia –cuando se comienzan a consolidar un pensamiento más abstracto, crítico y reflexivo–: ¿Qué edad tiene Dios? ¿Cuándo nació? ¿Tuvo un padre? Si es así ¿Quién fue el padre de Dios, y el padre del padre de Dios…? ¿Existió entonces un comienzo, aún para el mismo Dios? ¿Puede estar Dios en distintos lugares? ¿Qué pasa si está “viendo” distintas cosas en el mundo que le causan diferentes emociones tales como alegría, pena o enojo? ¿Puede Dios estar sintiendo distintas emociones al mismo tiempo? ¿Qué y cuánto
espacio físico ocupa Dios? ¿Está en todas partes, dentro de este mundo, o fuera de este mundo? ¿Es acaso como el aire? ¿Tendrá Dios también un Dios?...El presente artículo no pretende ser una lección de catequesis, ni siquiera debe ser leído como un texto escrito desde la fe. Solo intenta ofrecer una exposición con pretensión divulgativa acerca de la “aparente” contradicción que existiría entre ciencia y fe, y la respuesta que el Vaticano ofrece frente a este tipo de inquietudes, desde la visión de la Iglesia Católica. Estas respuestas vaticanas frente a las “aparentes” diferencias entre ciencia y fe, no solo debieran interesar a quienes confiesan un credo, sino a todo individuo que le importe conocer la opinión de la iglesia sobre el particular en tanto referente cultural, o, si se quiere, comprender a la religión y sus credos como un fenómeno cultural, de una profunda significación y trascendencia en el mundo y la sociedad ya sea del pasado o el presente.

PREGUNTAS “SIN RESPUESTAS”
Frecuentemente, la perturbación causada ante las interrogantes que más arriba señalamos vienen, por lo general, de unas postergadas o deficientes respuestas o, más aún, de la carencia total de las mismas. Pero esta falta de respuestas en ningún caso se explica a causa de una supuesta inexistencia de ellas. Las razones parecen ser otras. Cuando las contradicciones e inquietudes aquí descritas se verbalizan a algún adulto, profesor, catequista o quienquiera que se supone debiese estar en condiciones de ofrecer una voz aclaratoria, lejos de generar la tranquila explicación a esperar, lo que produce es escándalo, incomodidad, y una complicación similar a la de aquellos malos padres que se sonrojan y aplazan con tono de reprensión una respuesta cuando sus hijos les preguntan como vienen los niños al mundo. La frustración que esto genera hace que estas sanas inquietudes queden sin respuesta, sean molestas, y, con el paso del tiempo, se posterguen, hasta ser finalmente (aparentemente) olvidadas por la enorme cantidad de otras preguntas más prácticas y “urgentes”. Queda, finalmente, el asunto “sin resolver”.
En realidad, y de un modo que debiese preocupar a quienes “tienen fe”, lo que ocurre es que la gente de iglesia, particularmente los católicos, no conocen su religión. La heredan como quien recibe su apellido, su idioma y su nacionalidad sin mayores cuestionamientos o reflexiones. Se puede vivir con ellos sin jamás preguntarse como se transformaron en lo que son y porque yo “los tengo”. Así, los católicos, van a Misa, cumplen con algunos de sus sacramentos, memorizan unas cuantas formulas de oración, pueden recitar, quizás, los mandamientos, y asisten a los bautismos, matrimonios y funerales. No se comprende el significado ni los diferentes “momentos” de la Misa, menos de los otros Sacramentos (salvo algunas definiciones memorísticas) y se es incapaz de debatir cordialmente con algún feligrés de otro credo cristiano, el cual, luego de 15 minutos de conversación, pone en jaque los (malos) cimientos de lo que se tenía por la propia “doctrina” de la iglesia Católica Apostólica y Romana. Pese a ello, casi todos “esos” católicos han tenido durante gran parte de su vida escolar la asignatura de religión, y años de catequesis para recibir alguno de los Sacramento. ¿La explicación para tal asimetría entre horas de catequesis y mal conocimiento de su credo?: similar, creemos, a lo que ocurre con la actual crisis educacional en nuestro país. Los catequistas, en una proporción significativa, no conocen satisfactoriamente la propia religión que enseñan y quienes llevan una vida consagrada (sacerdotes y religiosos y religiosas) son escasos para atender una feligresía que en Chile alcanza a un 70% de la población nacional. (El problema de la crisis vocacional al interior de la Iglesia se puede comprender, si se permite, desde un análisis sociológico, por la misma carencia de formación religiosa en los fieles católicos, como una especie de círculo vicioso).
Pero ¿Son tan esquivas las respuestas? O, en primer lugar ¿Existen? ¿Son tan complejas, alambicadas o herméticas que resultan comprensibles solo para quien tenga conocimientos avanzados en teología, ciencia, filosofía u otros “sistemas teóricos” complejos? Al parecer, y prestando la atención necesaria, las explicaciones para despejar las inquietudes o “aparentes” contradicciones que plantea la ciencia a la fe no son nada inasequibles.

¿QUÉ EDAD TIENE DIOS Y DE QUÉ TAMAÑO ES?
Hace un tiempo, en una entrevista realizada a un físico que trabaja en el Vaticano, se le consultaba acerca de la factibilidad de armonizar los conocimientos actuales que tiene la ciencia con los preceptos de fe de la iglesia católica. La respuesta del hombre de ciencia fue rotunda y decidora. “Si bien la Biblia –dijo– inicia con ‘En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra’, si se escribiese hoy debiese decir ‘En el comienzo de todo, Dios creó el tiempo, la masa y el espacio’”. Y es claro, Dios se revela al hombre para ser entendido y, sin torcer para nada el sentido y la verdad profunda de aquel mensaje que quiere comunicar, se lo explica al hombre a quien le habla en el lenguaje en que aquel le puede entender. Si bien, a los nómades hebreos de 5000 años atrás no se les podía hablar en conceptos físicos modernos (para nosotros hoy familiares), como masa y espacio, el sentido de aquello que ambas frases quieren expresar es el mismo. Dios es el origen de todo y antes no había nada.
Pero, más allá del sentido unívoco de las dos fórmulas, la de “nuestra época” revela aspectos trascendentalísimos para explicar aquello de la “edad, origen y tamaño” de Dios. Si Dios al principio creó el tiempo, la masa y el espacio, significa que antes no existía ni el tiempo ni la masa ni el espacio, es decir, ni “edad” ni “materia”. Dicho de otro modo, la concepción habitual que nos formamos cuando se nos explica la creación por parte de Dios es que Éste creó “cosas” que ANTES no existían (tiempo), y esas “cosas” las creó en un LUGAR donde antes no había nada, pues nada se había creado (espacio y materia). Por lo tanto suponemos que Dios existía en un TIEMPO y un ESPACIO; y que de un MOMENTO a otro decidió crear en un ESPACIO donde nada había, estrellas, planetas, agua, continente, etc… En realidad no es tan así. Además de crear lo anterior (estrellas, planetas, agua, peces, plantas,...) Dios tuvo que crear el TIEMPO y el ESPACIO antes y desde la nada (además de la MATERIA, también inexistente hasta entonces) para poder crear lo otro. Por lo tanto, Dios es el Creador absoluto de todo lo que hay, y al crear Él el tiempo y el espacio, no tiene edad ni tamaño, pues incluso aquello tan basto e ininteligible como el tiempo y el espacio es obra de su creación.
Y sin embargo, Dios “ya estaba allí…”

EL NOMBRE DE DIOS
Un complemento para entender mejor lo anterior es explorar en el nombre mismo de Dios, el que también, sin la orientación y reflexión adecuada, se nos puede presentar como algo oscuro, extraño o hasta con ribetes de absurdo. Como relata un pasaje bíblico, es el mismo Dios quien le revela su nombre a los hombres: “Moisés dijo a Dios ‘Si voy a los hijos de Israel y les digo `El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros´; cuando me pregunten `Cuál es su nombre´, ¿qué les responderé?’ Dijo Dios a Moisés: ‘Yo soy el que soy’. Y añadió: ‘Así dirás a los hijos de Israel: `Yo soy´ me ha enviado a vosotros… este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación’” (Ex 3, 13-15)
En efecto, El nombre de Dios es “Yo soy el que soy” o dicho de otro modo “El que es” (YHWH –sin vocales– en arameo, y que la tradición católica lo ha adoptado a nuestra más “latinizado” Yavé y las religiones protestantes en Jehová). En realidad, para quién no solo ha creado todo lo visible que conocemos y no conocemos, sino también “la dimensión temporo-espacial”, no existiendo nada anteriormente, no puede haber “otro nombre”: Si Dios crea “todo” de la “nada” (incluyendo los mismísimos tiempo, masa y espacio) y sin embargo ya existía, solo Dios “Es el Que Es”.

¿EL HOMBRE Y EL UNIVERSO: CREACIÓN O EVOLUCIÓN?
Decidirse por una de las dos explicaciones es una encrucijada o dicotomía, al menos, de acuerdo a las actuales orientaciones de la Iglesia Católica, artificial.
El Catecismo de la Iglesia Católica, editado en 1992 (en su última actualización) y referente universal oficial de la doctrina católica, señala respecto al tópico fe y ciencia que “a pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo en ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero” agregando que “si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios” (párrafo 159).
Sobre el tema de la creación, puntualiza el mismo texto “La cuestión de los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y sabiduría que da a los sabios e investigadores” (párrafo 283). Como vemos, hasta aquí ninguna inhabilitación entre fe y ciencia.
Ahora bien, con los avances que la ciencia ha mostrado sobre el conocimiento de los orígenes del universo ¿queda superado y obsoleto el relato bíblico? De acuerdo a la Iglesia, no, debido a que el mensaje divino incluso supera el contenido que la ciencia aporta, ya que obedecen a naturalezas y necesidades distintas: el primero se aboca a explicar el qué, por qué y para qué de la creación (es decir, su sentido íntimo, y profundo) y la ciencia, por otra parte, tan solo el cómo (su realidad material).
Persiste de todos modos un asunto entre el relato científico y el bíblico por “cuadrar” y es el relativo al tiempo. Tal como señaláramos más arriba, lo que importa en el libro sagrado es comunicar el sentido último de aquello que Dios “hizo”, y esto, en un lenguaje simbólico (o alegórico) que, sin torcer la verdad profunda del mensaje, se hace comprensible al hombre de aquella época y de ésta (al hebreo de 5000 años atrás y al contemporáneo). Es así como, volviendo al texto del catecismo, la iglesia afirma que “Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo” (párrafo 53). “La verdad en la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable conocer a este respecto” (párrafo 87).
De este modo, lo que hoy conocemos como un proceso que ha durado millones de años, en el texto bíblico se nos muestra como una secuencia de seis días, conservando ambos relatos importantes simetrías entre sí, la más importante desde el punto de vista católico que “la Jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los seis días, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto” (párrafo 342) o dicho de otro modo, en ambos relatos pareciera que primero, de la nada, se forma el universo, para luego aparecer los planetas, la vida vegetal y animal en uno de ellos y finalmente, y estando ya las condiciones que lo favorecen, la aparición del hombre.
La naturaleza de este “no hacer de una sola vez” la obra creada por parte de Dios –también con una interesante implicancia para la comprensión teológica de la evolución– está en un antiguo concepto católico, que bien puede ser releído por la propia Iglesia a la luz del nuevo conocimiento científico y es el de la Divina Providencia: “La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del creador. Fue creada “en estado de vía” (“in statu viae”) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó” (párrafo 302). Es decir, está en la bondad de Dios que su obra creadora, bajo su designio, se desarrollare.
Repetimos, no se trata de creer o no. La fe, como la misma Iglesia sostiene, es un “don”, se obtiene por gracia de Dios, y en ningún caso, debido a su propia naturaleza, puede ser impuesta. Pero sus preceptos, incluso desde la perspectiva de aquellos que no tiene fe, son relevantes y significativos para una gran masa de fieles y culturas y sus concepciones interactúan e influyen en el “paisaje cultural” universal. Ya hace un buen tiempo que el papa Juan Pablo II pidió perdón por los errores de la Iglesia al juzgar y/o reprimir conocimiento o pensadores que en algún momento parecieron “contradecir” los preceptos de la fe Católica. Hoy ambos “mundos” pueden ir de la mano y es bueno que quienes tienen un credo (y los que no) los conozcan. Ahora, tener fe ono, eso es otra cosa.


* Artículo publicado originalmente en revista BOCETO, Colegio San Antonio del Baluarte, Rengo, noviembre de 2006 (esta versión está corregida)

Fotografías por orden de aparición:
a) La creación de Adán, Miguel ángel, Caspilla Sixtina; b) morganucodón, mamífero más antiguo conocido; c) ilustración Big-bang; d) Hubble, muestra creación de millone de estrellas por choque de galaxias; e) Galileo Galilei, en 1992 una comisión papal reconoció el error de la Iglesia al juzgarlo por sus ideas científicas; f) Charles Darwin, autor de la Teoría de la Evolución; g) Detalle de la Creación de Adán.

2 comentarios:

Alejandro Pravia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alejandro Pravia dijo...

el titulo tapó mi comentario jajajajajaj Genial ¬¬