lunes, 28 de octubre de 2013

Audiencias y Formación de Audiencias



El fin último de una política de formación de audiencias es hacerse innecesaria, al favorecer la emergencia de un público con ganas de disfrutar, criterio para decodificar y dispuesto a pagar por las experiencias culturales. Para lograrlo se debiera generar una transición entre los eventos iniciales, gratuitos, a unos con un copago simbólico (subvencionados), copago que debe ir creciendo, hasta extinguir la subvención.


A menudo se atribuye a la formación de audiencias los objetivos de: a) facilitar el acceso de obras artísticas a públicos no familiarizados con ellas, por medio de itinerancias de elencos, obras o actividades a los lugares donde estos públicos se encuentran, con acceso gratuito para ellos, y b) entregar mediante talleres u otras actividades similares, nociones, elementos o principios que permitan al público decodificar de manera más óptima dichas obras, de modo de maximizar el disfrute de las mismas.

Estas características son ciertas, pero no agotan lo que debiera ser la formación de audiencias. Por el contrario, proporcionan una noción incompleta, trunca e incluso deformadora y perversa de política cultural.

Partamos -como debe ser- por el principio. El promover el acceso a expresiones culturales a nuevos públicos es una práctica extendida en las iniciativas de esta naturaleza, pero dos peligros amenazan su impacto. Para que efectivamente la experiencia surta efecto, ésta debe ser permanente. Ver “una” obra de teatro no formará a nadie. Con suerte, será una experiencia, una anécdota y, eventualmente, podrá significar un impacto especial en alguien sensible a estas expresiones, aunque no habituado a ellas. Otra cosa es generar un hábito, y el hábito se forma, necesariamente, por repetición. Un segundo peligro es la entrega a los nuevos públicos de piezas de pobre valor en su respectivo arte, pecado que es frecuente ante la también recurrente consideración de que el público al que se dirige la estrategia no está familiarizado con las expresiones artísticas más “sofisticadas”. Así -para seguir con el ejemplo del teatro- es común se programen en estas iniciativas piezas tildadas de “comedias teatrales”, de recurso efectista, ramplón, a menudo vulgar y de poca originalidad, que no son, en rigor, obras de teatro, sino “sucedáneos” de ese arte, y no se distinguen de sketch televisivos elaborados a prisa. No se forma audiencia pasando “gato por liebre”.

Esto nos lleva al segundo objetivo de las políticas de formación de audiencias: la mediación. Por supuesto, a un público que se inicia en el “consumo” de estas expresiones no podemos presentarle una obra críptica y de pesado análisis. No es necesario. Abundan grandes y buenas obras (en todas las artes) que resultan amigables para públicos con distinto nivel de formación. Esto no implica dejar fuera de agenda actividades de mediación o familiarización del público con los códigos propios del arte que se está presentando. Incluso a público que evidentemente está disfrutando de un espectáculo, se le puede iluminar el goce de la obra con consideraciones y nociones que harán más rica la experiencia de “degustación” de la misma, y allanarán el camino de futuras piezas, de estructura o significado más complejo. Pretender una política de formación de audiencias sin este elemento es meramente programación cultural, no formación.

Otro propósito -adicional a los ya enunciados, y que constituyen en conjunto el leitmotiv de la formación de audiencias-, es el proporcionar al “mercado cultural” un público fiel, que valore y “consuma” las obras artísticas, posea parámetros críticos para estimular la calidad de las producciones y, en definitiva, haga sustentable a las “industrias culturales”. Dicho de otra manera, el fin último de una política de formación de audiencias es hacerse innecesaria, al conseguir que nuevo público se haga el hábito de consumir cultura, atrayendo con ello la programación y oferta de actividades y obras por parte de los productores y creadores para esas audiencias, las que se sustentarán en el pago por parte del público por el consumo de estos “bienes”. Es decir, que el objetivo es que exista público con ganas de disfrutar, criterio para decodificar y dispuesto a pagar por las experiencias culturales. Para lograrlo se debiera generar una transición entre los eventos iniciales, gratuitos, a unos con un copago simbólico (subvencionados), copago que debe ir creciendo en la medida que se fideliza al público en el consumo cultural, hasta hacerse innecesaria la subvención (o con subsidios territoriales justificados a realidades específicas). El problema para la implementación de estrategias de este tipo es el tabú de los organismos a cargo de financiarlas o implementarlas para con el cobro de entradas, lo que genera, a mediano y largo plazo, un peligro para la sustentabilidad de las industrias culturales y crea un estímulo perverso en el público, que no concibe tener que pagar para acceder a algo que se ha habituado a recibir gratis. Este resultado representa cualquier cosa, menos una puesta en valor de los bienes y productos culturales y del trabajo de los artistas y creadores.

Chillán, con un Teatro Municipal -de pronta inauguración- que debe mantener y con capacidad para nada menos que 1.318 espectadores, puede pagar muy caro la no implementación de una óptima política de formación de audiencias... completa, por cierto. Aún es tiempo.

2 comentarios:

KJESED dijo...

Me encantó este post. Estoy absolutamente de acuerdo contigo y pienso que mucho de lo que se hace en materias de formación de audiencias es netamente tratar a los públicos como idiotas, que "no entienden" las obras porque no tienen las llamadas "claves de lectura".
Es importante que los procesos de los públicos en formación nazcan desde el goce por el teatro, la valorización de la experiencia individual y posterior valorización de los trabajos, muchos de los cuales son creados sin pensar jamás en sus audiencias.
Saludos!

KJESED dijo...
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