lunes, 5 de mayo de 2014

La cultura ad honorem




"Hay otras personas que encuentran aceptable retribuir la participación de un creador con un vaso de vino y una empanada (o una cerveza y un completo, según el contexto). Ni hablar de los que se sienten magnánimos al ofrecer cubrir pasajes o fletes, o los mecenas del canje, encontrables en varios bares de la ciudad"

Que esto servirá para que te conozcan; aumentará tu curriculum; te abrirá muchas puertas; que es un trabajo que merece hacerse, pero no hay dinero… argumentos hay muchos para solicitar que el trabajo en cultura de profesionales (o aspirantes a serlo) se haga ad honorem (es decir, gratis).

La cultura es un bien social, y también un derecho al que todas las personas debieran acceder y por tanto, al menos en un nivel elemental, el estado debiera garantizar. Se parece, en este sentido, a la salud o la educación (tal vez malos ejemplos, por el cuestionamiento al funcionamiento de estos sistemas en nuestro país). No obstante, aunque hoy se luche por una educación y salud gratuita y de calidad como derecho básico para todos, a nadie se le ocurriría plantear que los profesores o los médicos trabajasen gratis para concretar la aspiración. Es de sentido común, incluso, que bajos ingresos a los profesionales claves en estos ámbitos irá en detrimento de la calidad resultante. Alguien debe pagar, siempre.

Entonces ¿por qué la cultura va a funcionar de manera diferente?

La dedicación, el estudio, la exploración, el ensayo, la producción, la difusión, la autocrítica, todo aquello requiere tiempo, inversión… y una cierta tranquilidad que proporciona la justa retribución económica. Que el profesionalismo que se demanda se corresponda con condiciones profesionales de trabajo (ingresos, recursos, espacios, plazos), no solo es una perogrullada, sino un requisito esencial.

Aún es posible ver en ciertas comunidades a personas escandalizadas porque una actividad artística con cobro de entrada no tiene un fin benéfico, sino destina la recaudación a cubrir los costos de producción y, con suerte, algún excedente para artistas y productores. Hay otras personas que encuentran aceptable retribuir la participación de un creador con un vaso de vino y una empanada (o una cerveza y un completo, según el contexto). Ni hablar de los que se sienten magnánimos al ofrecer cubrir pasajes o fletes, o los mecenas del canje, encontrables en varios bares de la ciudad.

Aún más, hay instituciones, municipios y grandes entidades culturales (con personas cultas en sus mandos) que encuentran plausible en pleno siglo XXI brindar “una oportunidad” al beneficiarse con el trabajo que una joven promesa puede realizar para demostrar capacidad… ad honorem, por supuesto. Como si no existieran los curriculum o los portafolios que acreditan experiencia, estudios, aptitudes y habilidades.

Naturalmente hay casos en que el trabajo puede ser gratuito. Actividades benéficas, o proyectos asociativos con un diseño y apuesta coherente que aspira a una retribución a mediano plazo, por ejemplo… o el placer de darse un gusto con alguna iniciativa no remunerada. Pero en todo caso, son instancias voluntarias, que de ninguna manera se pueden imponer. De lo contrario, quien busca hacerse conocido solo lo logrará como “el que trabaja gratis”.

Un cambio en la profesionalización de la cultura requiere, justamente, de un cambio cultural. Si no, serán los artistas los “mecenas” de quienes encargan su participación ¡un absurdo completo en la autodenominada capital cultural “no oficial” del país!

Por Jorge Díaz Arroyo. Columna "Capital Cultural", publicada el lunes 5 de mayo de 2014 en diario La Discusión, de Chillán

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