sábado, 28 de abril de 2018

Animales en la literatura




Las primeras expresiones artísticas de que se tiene registro –en la prehistoria– corresponden a escenas de caza pintadas en cavernas. Muestra de que los animales siempre han estado en el paisaje cultural de los seres humanos. Sea como campañeros, recurso, amenaza, o como objeto mítico - religioso, nuestros “hermanos menores”, como les llamaba San Francisco, han inspirado narraciones imperecederas, que nos han asombrado, conmovido y sensibilizado respecto a cómo suponemos que los animales aprecian el mundo y a nosotros mismos. En las siguientes páginas compartimos títulos ya clásicos que abordan la presencia de algunas especies en la literatura.


Por Jorge Díaz Arroyo


PLATERO Y YO
Juan Ramón Jiménez

Este clásico del poeta español Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1956, se inscribe en el subgénero de la prosa poética. Es decir, un texto que sin emplear la métrica y la rima, busca lo mismo que un poema: transmitir impresiones, sentimientos y emociones, empleando los (otros) códigos propios del género lírico.

Se trata de la relación de un joven poeta con su mascota, que es un burrito pequeño, en la entonces semirural Moguer, en Huelva, Andalucía, España.

Como se explicó, el texto no cuenta una historia propiamente tal (no es el propósito de la prosa poética, que es diferente a la novela), sino comparte distintas situaciones y “postales”, que el hablante narra al lector… y a Platero, suerte de “oyente cercano”, cómplice y confidente del autor. En muchas ocasiones, Platero también será el protagonista de algunas situaciones. El burrito es “los ojos” del muchacho, su amigo, su compañero. El mismo hablante lírico así lo explica en un pasaje del texto:

“Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna fragoso y le peso un poco, me bajo para alivianarlo. Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar. El comprende bien lo que quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, que ha llegado a creer que sueña con mis propios sueños”.

A través de sus “diálogos” con Platero, el hablante manifiesta sus impresiones sobre la naturaleza, que le sobrecoge con sus maravillas, sus cambios de estación, su sencillez y rebeldía. Lo propio hace con las costumbres, tradiciones, prácticas y cotidianidad del pueblo, constituyendo retratos costumbristas y deteniéndose a veces en algunos personajes. Pero también otros animales salen a colación: el autor –por medio del hablante– a veces manifiesta su rechazo a prácticas de maltrato animal, como las peleas de gallos, corridas de toros, etc). También aparece un Burro adulto que pareciera ser la encarnación del diablo (una nota sobre el folclore local, que también tiene alguna expresión similar en el campo chileno).

La obra tampoco elude la muerte, que también es una realidad en los animales.La entrañable ternura que trasmite el libro es un buen aliciente para la sensibilizar sobre el respeto, cuidado y protección para con los animales, sean mascotas o no. 
                                    

LA LLAMADA DE LA SELVA
Jack London

Esta es la primera novela del norteamericano Jack London, publicada en 1903, y antecesora de Colmillo Blanco, también célebre, y de la que se han hecho algunas adaptaciones para el cine y la televisión.

Su protagonista es Buck, un perro mestizo de San Bernardo con mastín, que vive una vida apacible en la finca del Juez Miller, donde es el más considerado de los animales que allí viven, por parte de pares y humanos. Buck es orgullo y sabe su condición de mascota favorita. Nada en la piscina, acompaña los paseos de los hijos del juez, se ejercita y no advierte amenaza en esa idílica situación.

Hasta que es robado por el jardinero de los Miller, quien además de su pobreza está atrapado en el juego y la bebida. Es la fiebre del oro en Alaska, y para hacer algo de dinero el hombre saca engañado al animal para venderlo a un contrabandista, quien lleva perros al ártico para que tiren los trineos de los miles que van a cambiar su suerte tras el preciado metal amarillo en aquellos helados parajes.

No solo vivirá un largo y penoso viaje, sino apenas llegar sufrirá el castigo (adiestramiento) de un revendedor, quien le inculcará mediante el garrote la obediencia al humano. Luego, cual lazarillo de Tormes, tendrá distintas experiencias con diferentes amos, siempre trabajando como fuerza de tiro en los trineos, oficio que aprende rápido. Allí compartirá con distintos tipos de perros. Como en cualquier agrupación humana, en la canina también habrá de todo: simpáticos, remolones, traicioneros, apáticos, trabajadores. Buck también tendrá que lidiar con ello.

Pero de lo que en definitiva se trata la obra, como bien señala el título, es sobre el llamado de la selva (o “el llamado de lo salvaje”, como rezan algunas traducciones). En estos avatares Buck advierte un cambio aún más profundo, interior. Es el espíritu salvaje, atávico, que vive en él; incluso tiene sueños de un pasado que, aunque no habita en su memoria, lo hace en sus instintos, dormidos hasta entonces por una vida doméstica y plácida en la casa de los Miller. Buck encuentra su naturaleza más ancestral.

El libro, cuyo autor vivió en los escenarios retratados y experimentó las actividades que se narran, no elude momentos de crudeza –sea humana o animal–; pero aun así, en clave distinta a Platero y yo, sensibiliza sobre la sicología animal, a los mecanismos por la que estos seres aprenden, asimilan y generan vínculos. Podemos transpolar esto a la fauna que nos rodea en nuestra cotidianidad, aunque ella no viva en los fríos y hostiles hielos del ártico.


MOBY DICK
Herman Melville

Publicado originalmente en 1851, este referente de la novela clásica de aventuras es hoy apreciado como una suerte de alegoría, con significados más profundos que los que emergen evidentes de una lectura superficial.

La historia es narrada por Ismael, marino mercante que se embarca, en esta ocasión, en el Pequod, un ballenero que zarpará desde la costa atlántica de los Estados Unidos, en teoría para cazar ballenas. Pero su comandante, el lacónico y autoritario capitán Acab busca una meta personal: dar muerte a Moby Dick, un monumental cachalote blanco que, en un intento de caza anterior, le arrebató la pierna, lo que le provocó el uso de una pieza ortopédica (irónicamente, de hueso de cachalote).

El objetivo del capitán rápidamente se evidencia como una obsesión fuera de toda lógica y prudencia, y parte de la tripulación intenta hacérselo saber. Sin embargo, se encontrarán con la testarudez de un hombre preso de la sed de venganza para con un ser que no alcanza a comprender. Para el marino lo de Moby Dick no fue un accidente propio de la naturaleza de su trabajo, sino algo personal. De hecho, el monstruoso tamaño del cetáceo, además de su color blanco, y lo imbatible que ha resultado en los numerosos intentos de caza por parte de distintas embarcaciones, le han granjeado una fama casi mítica, de bestia imposible, a la que es mejor guardarle distancia. Acab no lo entiende así.

De esta manera, el Pequod recorre los distintos mares y océanos del mundo tras el “monstruo”, requiriendo pistas a los buques balleneros con que se encuentra, para seguirle la huella.

Hoy en día la prohibición de la caza de ballenas representa una de las causas más emblemáticas de grupos animalistas, ante la casi extinción de varias especies. En 1851, por otros motivos y en un contexto diferente, Herman Melville ya advertía en esta fábula que luchar contra la naturaleza irreflexivamente solo podía arrastrarnos a la fatalidad. Es una de las tantas lecturas que permite Moby Dick.

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